Esta mañana nos despertamos con la noticia del asesinato de once de los diputados del Valle del Cauca secuestrados por las FARC.
Comprendemos los sentimientos de los familiares de los secuestrados pero no podemos olvidar que esos compatriotas fueron secuestrados por una organización subversiva que ha usado por años a varios colombianos como armas de negociación.
El Presidente Uribe afirma que las fuerzas armadas no estaban realizando un operativo militar para su liberación. Resultaba muy extraño creer que once personas murieras como consecuencia del fuego cruzado en una acción de combate. ¿Solamente ellos murieron?
Las FARC tienen que entregar de manera inmediata los cadáveres de los secuestrados para que sus familiares no sigan sufriendo y para que los expertos puedan establecer las causas reales de la muerte.
En la medida que tengamos más información podremos expresar opiniones más concretas sobre este muy triste episodio.
De momento, la tristeza y la desesperanza nos embarga. Algunos colombianos siguen practicando la dialéctica de las balas y así nunca podremos salir de nuestros problemas.
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jueves, junio 28, 2007
lunes, mayo 07, 2007
Las declaraciones de Petro en España
Muchos compatriotas se indignan cuando se enteran acerca de las declaraciones de algunos miembros de la oposición en medios o foros del extranjero.
Lo grave son las inexactitudes y las verdades a medias.
Las declaraciones de Petro a EL PAIS de Madrid pretenden ignorar a la guerrilla y sostienen que los paramilitares surgieron como una acción conjunta de los terratenientes y los narcos. Como siempre sucede con este personaje, ignora deliberadamente el papel que como generadores de violencia han tenido las guerrillas.
El senador Petro y los miembros del Polo Democrático Alternativo PDI están jugando una carta muy peligrosa como es la de deslegitimar al Gobierno Colombiano. Y ese es un camino muy delicado porque los acerca peligrosamente a las FARC. El rechazo a la violencia no resulta suficiente para disipar todo el contenido subversivo de ese planteamiento.
Los miembros del PDI saben que ellos no van a llegar al poder porque no tienen el favor de las mayorías colombianas. Pero con sus intervenciones en el extranjero buscan que la presión internacional logre el cambio que por las votaciones no pueden alcanzar.
Lamentablemente las últimas actuaciones del Gobierno, que tanto entusiasman a muchos de mis amigos en Colombia, no creo sean vistas con los mismos ojos en el exterior. Revisen el reportaje de Petro y podrán apreciarlo.
Lo grave son las inexactitudes y las verdades a medias.
Las declaraciones de Petro a EL PAIS de Madrid pretenden ignorar a la guerrilla y sostienen que los paramilitares surgieron como una acción conjunta de los terratenientes y los narcos. Como siempre sucede con este personaje, ignora deliberadamente el papel que como generadores de violencia han tenido las guerrillas.
El senador Petro y los miembros del Polo Democrático Alternativo PDI están jugando una carta muy peligrosa como es la de deslegitimar al Gobierno Colombiano. Y ese es un camino muy delicado porque los acerca peligrosamente a las FARC. El rechazo a la violencia no resulta suficiente para disipar todo el contenido subversivo de ese planteamiento.
Los miembros del PDI saben que ellos no van a llegar al poder porque no tienen el favor de las mayorías colombianas. Pero con sus intervenciones en el extranjero buscan que la presión internacional logre el cambio que por las votaciones no pueden alcanzar.
Lamentablemente las últimas actuaciones del Gobierno, que tanto entusiasman a muchos de mis amigos en Colombia, no creo sean vistas con los mismos ojos en el exterior. Revisen el reportaje de Petro y podrán apreciarlo.
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Gustavo Petro
lunes, abril 09, 2007
Letras
Se ha escrito que en Colombia hay más territorio que estado. Y no hay necesidad de ir al Chocó para darse cuenta de esa realidad.
Todos los días leo expresiones acerca de regiones o poblaciones “olvidadas por el estado”. Y escucho a personas que de manera airada demandan la intervención del estado para solucionar sus carencias.
Esas regiones olvidadas y personas furiosas han elegido sus representantes a los órganos de dirección del estado ya sea por convicción o a cambio de unos pocos pesos.
Nos quejamos por la falta de estado cuando estamos en estado de necesidad, pero todos los días hacemos cosas contra el estado o para desvirtuar sus fundamentos.
Y es que el estado colombiano propicia la rebeldía. A veces es absurdamente intervencionista y en otras está ausente. Somos celosísimos con revisar las etiquetas de los equipajes en los aeropuertos y terminales, estamos muy pendientes de inspeccionar el cumplimiento de los “picos y placas”, pero dejamos pasar muchas cosas, casi todas.
Para mencionar solamente algunos, nos gusta tomar el bus en cualquier parte, colocar avisos donde se nos antoja, detenernos a conversar en la mitad de una vía, sobornar a un policía, conducir borrachos en motocicleta etc. . Y por supuesto, no nos gusta pagar impuestos ya sea por evasión o porque los legisladores decidieron que solamente se cobran impuestos de renta a partir de cierto monto de ingresos anuales.
Esos que gritan frente al camarógrafo de televisión generalmente no pagan impuestos. Son pobres me dirán y yo respondo que sí y gracias a su actitud frente a la vida es muy probable que lo sigan siendo.
Este es un tema tabú en Colombia porque los políticos prefieren hacer promesas y otorgar subsidios en lugar de mejorar los sistemas para generar empleo en la población. Se proclaman defensores de los pobres pero lo que defienden son sus votos.
Desde la Colonia soñamos con un estado que no se meta en lo que nos interesa pero que nos socorra cuando lo necesitemos. Y otros creen que el estado es algo lejano que no nos pertenece pero que también nos tiene que dar cosas para saciar las escasas apetencias.
Es que los colombianos creemos todavía que al estado colombiano lo manejan unos pocos privilegiados. Creemos que no hacemos parte del estado y nos olvidamos del inmenso poder que nos ha dado la constitución.
La izquierda se preocupa de alimentar este sentimiento porque eso justifica a las guerrillas. Y aunque en los últimos tiempos dicen rechazar el camino de las armas para llegar al poder, con sus discursos dan a entender la no viabilidad de este sistema.
Como si los representantes de las izquierdas no hubieran tenido desde hace bastante tiempo una parte importante del poder público.
A comienzos de la década anterior la nación contemplaba como el narcotráfico y la guerrilla estaban acabando al país. Y una de nuestras respuestas fue la de fomentar la autodefensa de los ciudadanos. De una u otra manera, en lugar de calmar el fuego lo avivamos.
Y a unos ciudadanos dolidos, humillados y sin convicciones les dimos armas y poder para enfrentarse a la guerrilla. Al poco tiempo se dieron cuenta de la necesidad de mayores recursos e hicieron alianzas con los narcotraficantes que ya tenían sus propias estructuras de defensa. Y con la historia de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” muchas personas hicieron causa común con unos maleantes tan malos como los que se perseguían.
Al cabo de los años entendimos que solamente el estado tenía el poder de la Justicia. Pero el daño ya estaba hecho.
Colombia tiene que castigar a quienes desde una u otra orilla han cometido tremendas atrocidades y se han robado los fondos públicos.
Y eso no se hace desde una perspectiva totalitaria. Solamente con un democracia y como consecuencia de un nuevo pacto. Y no me refiero a los pactos de Ralito o de San Rafael de Lebrija. Se trata de ponernos de acuerdo con un modelo de país para salir adelante.
Y ese pacto debe conllevar la decisión individual de cambiar y de entender que el progreso no es individual sino colectivo.
Todos los días leo expresiones acerca de regiones o poblaciones “olvidadas por el estado”. Y escucho a personas que de manera airada demandan la intervención del estado para solucionar sus carencias.
Esas regiones olvidadas y personas furiosas han elegido sus representantes a los órganos de dirección del estado ya sea por convicción o a cambio de unos pocos pesos.
Nos quejamos por la falta de estado cuando estamos en estado de necesidad, pero todos los días hacemos cosas contra el estado o para desvirtuar sus fundamentos.
Y es que el estado colombiano propicia la rebeldía. A veces es absurdamente intervencionista y en otras está ausente. Somos celosísimos con revisar las etiquetas de los equipajes en los aeropuertos y terminales, estamos muy pendientes de inspeccionar el cumplimiento de los “picos y placas”, pero dejamos pasar muchas cosas, casi todas.
Para mencionar solamente algunos, nos gusta tomar el bus en cualquier parte, colocar avisos donde se nos antoja, detenernos a conversar en la mitad de una vía, sobornar a un policía, conducir borrachos en motocicleta etc. . Y por supuesto, no nos gusta pagar impuestos ya sea por evasión o porque los legisladores decidieron que solamente se cobran impuestos de renta a partir de cierto monto de ingresos anuales.
Esos que gritan frente al camarógrafo de televisión generalmente no pagan impuestos. Son pobres me dirán y yo respondo que sí y gracias a su actitud frente a la vida es muy probable que lo sigan siendo.
Este es un tema tabú en Colombia porque los políticos prefieren hacer promesas y otorgar subsidios en lugar de mejorar los sistemas para generar empleo en la población. Se proclaman defensores de los pobres pero lo que defienden son sus votos.
Desde la Colonia soñamos con un estado que no se meta en lo que nos interesa pero que nos socorra cuando lo necesitemos. Y otros creen que el estado es algo lejano que no nos pertenece pero que también nos tiene que dar cosas para saciar las escasas apetencias.
Es que los colombianos creemos todavía que al estado colombiano lo manejan unos pocos privilegiados. Creemos que no hacemos parte del estado y nos olvidamos del inmenso poder que nos ha dado la constitución.
La izquierda se preocupa de alimentar este sentimiento porque eso justifica a las guerrillas. Y aunque en los últimos tiempos dicen rechazar el camino de las armas para llegar al poder, con sus discursos dan a entender la no viabilidad de este sistema.
Como si los representantes de las izquierdas no hubieran tenido desde hace bastante tiempo una parte importante del poder público.
A comienzos de la década anterior la nación contemplaba como el narcotráfico y la guerrilla estaban acabando al país. Y una de nuestras respuestas fue la de fomentar la autodefensa de los ciudadanos. De una u otra manera, en lugar de calmar el fuego lo avivamos.
Y a unos ciudadanos dolidos, humillados y sin convicciones les dimos armas y poder para enfrentarse a la guerrilla. Al poco tiempo se dieron cuenta de la necesidad de mayores recursos e hicieron alianzas con los narcotraficantes que ya tenían sus propias estructuras de defensa. Y con la historia de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” muchas personas hicieron causa común con unos maleantes tan malos como los que se perseguían.
Al cabo de los años entendimos que solamente el estado tenía el poder de la Justicia. Pero el daño ya estaba hecho.
Colombia tiene que castigar a quienes desde una u otra orilla han cometido tremendas atrocidades y se han robado los fondos públicos.
Y eso no se hace desde una perspectiva totalitaria. Solamente con un democracia y como consecuencia de un nuevo pacto. Y no me refiero a los pactos de Ralito o de San Rafael de Lebrija. Se trata de ponernos de acuerdo con un modelo de país para salir adelante.
Y ese pacto debe conllevar la decisión individual de cambiar y de entender que el progreso no es individual sino colectivo.
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